Resulta que los argentinos también podíamos tener un Dios limpio. Y simple.
Durante muchos años pensamos que nuestros ídolos tenían pies de barro y eso los hacía más humanos. La cercanía con la gente, con el pueblo, se explicaba porque eran como los mortales. Parecía un rasgo definitivo: el genio será impuro o no será.
La idea de Dios sucio se usó para entender y comprender las debilidades, pero también para justificar los deslices. Cuchillo de doble filo.
La típica historia del argentino promedio que triunfa y se aleja del que fue, aunque dice que sigue siendo el mismo. Cuando toma relevancia, y lo ovacionan a cada paso, siente que merece tratos especiales.
También es cierto que muchos pasan del barro a la cima de la Torre Eiffel de un patadón y desde ahí hacen lo que pueden. Incluso, mean. Y le erran al tarro. Si yo fuera él, viviría como él.
Lejos del divismo de las grandes estrellas, Messi parece un heroe aburrido. Nunca opina de nada. Dicen que no se la juega, que es un embole.
Y encima están los fanáticos le festejan cualquier cosa: más messistas que Messi. Que toma vino con “espray”. Uhhh! Que le gustan los programas de chimentos. Nuuu!!! Que es medio raro y a veces prefiere estar un rato solo. ¡Pará, animal!
Algunos —nunca sabremos cuántos— sienten que Messi no los representa y prefieren personajes más histriónicos, hábiles declarantes, geniales contadores de anécdotas. No importa el IVA que le meten a sus cuentos o las pelotas que tiran al fleje. Entretienen y dicen lo que, supuestamente, la gente quiere escuchar.
Lionel Messi deja un mensaje, aún sin proponérselo, de tipo común para los comunes: sigue haciendo las mismas cosas simples de toda la vida. No importa dónde llegó, importa que nunca se fue de donde venía.
El deportista argentino de mayor impacto mundial, el jugador de los mil récords, pasará a la historia por haber sido el mejor hombre-futbolista simple de todos los tiempos. Si yo fuera Messi trataría de vivir como él. Simple. Texto de Mauricio Coccolo.