FORMACIÓN VS. COMPETENCIA… CUANDO EL DEPORTE INFANTIL DEJA DE SER UN JUEGO…

Lo que pasa los sábados en el club de barrio nos debería doler a todos. Hay un cuadro que se repite más de lo que debería. Un chico sentado en el banco. Mira el partido. Mira al entrenador. Mira el reloj. A veces se ilusiona… cree que le va a tocar. Pero el partido termina… y no entró… se vuelve a casa frustrado masticando un «por qué yo no» que nadie le explica…
En el afán por el crecimiento del deporte infantil, algo fundamental se perdió en el camino… pasamos de formar personas a seleccionar resultados como si estuviéramos en la Champions League, cuando en realidad son nenes que apenas están aprendiendo a atarse los cordones.
Esta tendencia a profesionalizar el deporte a edades tempranas es una problemática que avanza sin hacer ruido. Queremos fabricar la elite del futuro y nos olvidamos de que, por ley y por pura humanidad, el interés superior del niño tiene que estar por encima de cualquier trofeo de plástico.
La Convención sobre los Derechos del Niño (Ley 26.061) no es un cuadrito para colgar en la oficina del club; es la obligación de garantizar que el juego sea eso, un juego.
Hoy, si no rendís, te excluyen. Si no sos «crack», no servís. Y el impacto emocional de ese rechazo queda marcado a fuego, mucho más que cualquier goleada en contra.
Pero más allá de los documentos, hay algo todavía más evidente… lo que sienten los chicos.
Porque ellos no miden el fin de semana en puntos. Lo miden en oportunidades. En si jugaron o no jugaron. En si se sintieron parte o no. En si alguien los miró, los tuvo en cuenta, les dio un lugar.
Cuando eso no pasa, el impacto no es solo deportivo. Es emocional. Es silencioso. Y muchas veces, duradero.
Son chicos que empiezan a dudar de sí mismos demasiado temprano. Que creen que no son suficientes. Que se van apagando sin que nadie lo note del todo.
Y lo más preocupante es que todo esto sucede en un ámbito que, en teoría, debería hacer exactamente lo contrario. Por eso, tal vez, el desafío no sea ganar más partidos. Sea mirar mejor. Mirar a todos. Entender que el verdadero rol de los adultos… entrenadores, dirigentes, familias, no es formar ganadores, sino personas.
Porque el resultado del sábado se olvida. Pero la sensación de haber sido dejado afuera… no. El deporte infantil todavía puede ser lo que debe ser. Un espacio de juego, de aprendizaje, de pertenencia.
Pero para eso, primero, hay que hacerse una pregunta incómoda…
Estamos pensando en los chicos… o en el resultado? En que momento los clubes dejaron de ser un ámbito familiar propicio para la interacción de los niños, para ser un lugar donde solo se proyecta la futura elite de cada deporte?
El deporte en la infancia no debería ser una antesala del alto rendimiento. No debería ser una selección temprana ni una competencia que deja afuera a los que todavía están aprendiendo. Debería ser un lugar donde todos tengan espacio, donde equivocarse no duela y donde participar valga más que ganar…. // RL CASILDA SANTA FE